No hay bien que por bien no venga

Sí, cambié el famoso refrán. Y es que a través de la práctica del Yoga esta experiencia llamada vida va tomando otra perspectiva. En muchos momentos de nuestras vidas hemos sentido que nada nos sale bien, que todo parece estar en contra de nosotros, que la vida misma no tiene sentido, nos sentimos vacíos, desorientados, sin un norte que seguir. Como muchas veces escuchamos “todo lo malo me pasa a mí”. Y hay etapas en la vida que se sienten así, que hay una fuerza invisible obrando para llevarnos por el camino de la amargura.

A veces son grandes los retos y sufrimientos que uno debe afrontar para trascender estas etapas y salir airosos de las mismas. Salimos un tanto maltrechos, adoloridos interiormente, con cicatrices que parecen incurables, sin energías para continuar. Es cuando decimos en voz alta ¡Dios mío dame un break!, porque nos sentimos ahogados, con el agua hasta el cuello. Y a veces salimos airosos de estos grandes retos, pero no siempre es así y esto es una realidad. No siempre solemos salir exitosamente de situaciones que parecen adversas y sentimos que hemos fracasado.

En este punto, en el cual las experiencias “negativas” arrastran lo mejor de nosotros, es que debemos hacer una reflexión genuina y con sinceridad mirar la trayectoria de los eventos que nos han sucedido. Con objetividad mirarnos y definir qué de estas experiencias estuvo bajo mi control y qué no lo estuvo. De las cosas que estuvieron bajo mi control, cuáles pudieron ser diferentes si mi acercamiento hacia las mismas hubiese sido diferente. Es una retrospección cuidadosa, que no nos lleve al arrepentimiento con cargos de conciencia interminables. Sino, un estudio consciente sobre nuestras tendencias al adoptar posturas y acciones ante situaciones difíciles para reconocer qué áreas de mi persona estuvieron comprometidas y cómo, si hubiese actuado o enfrentado el problema de otra manera, los resultados hubiesen sido diferentes.

Lo bonito de este proceso es que aprendemos a conocernos mejor como personas. En mi carácter personal, en un momento dado de mi vida todo parecía estar al revés. Mi mundo, tal como lo había construido, se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. Tuve que tomar decisiones extremas y enfrentar retos que jamás había enfrentado. Y pude realizar algo que no me había dado cuenta sobre mí misma: mis inseguridades. Descubrí cuán insegura he sido para muchas cosas durante toda mi vida y cómo esas mismas inseguridades me limitaron en mi toma de decisiones. Tuve que dejar muchas cosas atrás para tomar el estandarte de mi vida y vivir con la frente en alto, siendo dueña de mi propio destino.

Por esto “no hay bien que por bien no venga”, porque no hay una sola experiencia negativa que no tenga en sí misma una lección que debe ser aprendida. Y no es fácil hacer esta reflexión, pues rememorar momentos dolorosos es como vivirlos nuevamente, es revivir algo que preferimos dejar en el olvido. Pero, al hacer una visita al trayecto recorrido y mirarlo con los ojos del presente, vemos con más claridad la lección que la vida misma nos puso de frente. Entonces nos decimos lo mucho que esas vivencias nos hicieron cambiar, cómo nos transformaron y aprendemos a agradecer a la vida por habernos dado lecciones que de otra manera no hubiéramos tenido. Aprendemos a valorar cada vez más las oportunidades que se nos presentan y nos hacemos personas más alertas, más despiertas para ver lo que antes hubiese pasado por desapercibido ante nuestros ojos.

Así es que cuando la vida te esté dando duro, que sientas que las cosas van de Guatemala a Guatapeor, tómate un momento de intimidad contigo mismo y pregúntate ¿qué debo aprender?

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